martes, 18 de agosto de 2026

"Reserva del Saja" (6ª Vespada)

Nueva edición de nuestra excursión anual. Exitosa por clima y recorrido, y porque no nos importa quedarnos en mera pareja (me sorprende la cantidad de pegas o problemas que encuentra la gente para no poder acudir a este tipo de propuestas). Aunque durante el año habíamos pensado en una temática geográfica diferente (que posponemos, pero no eliminamos), cuestiones de agenda nos obligaron a inventarnos un destino distinto. Fue fácil por su cercanía y belleza: dar una interesante vuelta por la Reserva del Saja, completándola con algunos bucles de la vertiente que se deja caer hacia el Besaya.

Como novedad ¡una Lambretta! De las actuales, de nueva generación y casi recién estrenada. Un préstamo de Jacobo para suplir a mi Vespa Cosa, cuya agenda de pintura, puesta a punto e ITV se fue prorrogando tanto, fase a fase, que no estaba lista para la Vespada.

1ª Etapa.

Salimos de Galizano después de comer. Myriam con la Vespa 125 LX y yo con la Lambretta V125 Special. Carreteras secundarias tranquilas hasta Solares. Interurbano lento por Astillero, Guarnizo y Renedo, con algunos tramos de curvas interesantes entre algunos de los núcleos urbanos. Hacía sol y calor. Rodeamos Torrelavega por el sureste, disfrutando de la sinuosa ruta de La Montaña. Y por Tanos accedimos a la modesta carreterilla que atraviesa Viérnoles para dejarnos en la antigua N-611 a la altura de Riocorvo (un acierto de alternativa).

Rumbo sur, superamos Las Caldas, atravesamos Barros y, en medio de Los Corrales, nos desviamos hacia el oeste acometiendo la pindia ascensión a Collado de Cieza. Muy buena carretera con curvas muy cerradas, rampas de asustar y tráfico inexistente. En pocos metros las vistas sobre el valle de Buelna iban conquistando perspectiva. Pasado el pueblo, el descenso resultó igualmente pendiente, muy entretenido y de paisaje más natural. Un disfrute de conducción hasta alcanzar el siguiente vallecillo lateral, en el cual giramos hacia la derecha en dirección Villasuso.

Las motos en el momento de la partida. (Imagen propia).
 
Myriam al paso por Collado de Cieza. (Imagen propia).
 

Vista del descenso de Collado desde la Lambretta. (Imagen propia).

 

No exageramos, muestra, en mitad de la carretera, de que el tráfico por allí era prácticamente inexistente. (Imagen propia).

Superado el pueblo, la carretera se estrechaba mucho y se volvió bacheada. Comenzaba el largo ascenso hacia la Braña de Brenes, ruta que alcanzó cierta fama por una reciente edición de la Vuelta Ciclista a España. El paisaje circundante, brañas, bosques, montañas de media altura y marcados arroyos, estaba francamente bonito, con un sol brillante, pero ya de media tarde. El descenso desde la braña hacia Iguña fue largo y ameno, con tramos despejados alternándose con otros muy umbríos al atravesar masas forestales.

Alcanzado Los Llares, rodamos directos hasta Las Fraguas para recorrer la aparente llanura del Valle de Iguña por la tranquila ruta que pasa por sus pueblos: Arenas, La Serna, Helguera, Santa y Molledo. Territorio Delibes y Torres-Quevedo. Y enseguida Santa Olalla y Bárcena de Pie de Concha, donde enlazamos de nuevo con la N-611 para subir por las Hoces hasta Pesquera. La Lambretta iba fenomenal, se mostraba muy estable en las curvas y ascendía las Hoces con tanta alegría como algunos coches, adelantando incluso a una autocaravana. Todo ello sin apretarla, por eso de cuidar sus primeros kilómetros de vida.

La Lambretta en una parada durante el ascenso a Brenes. (Imagen propia).

La Vespa durante el ascenso. (Imagen propia).

Detalle de la braña de Brenes. (Imagen propia).

 
Monturas y pilotos en la braña. (Imagen propia).

La carretera juega con el paisaje en el descenso. (Imagen propia).

La jornada la cerramos con una tarde de verano en Pesquera: abrir la casa, aparcar las motos, dejar el equipaje y subir al pueblo para tomar unos vinos al atardecer, con el consiguiente encuentro con conocidos locales, veraneantes habituales y algunos familiares. Ya de noche, cena en el Mesón y a dormir a excelente temperatura nocturna para el sueño. Tal como están las cosas en la actualidad, definitivamente, la cuenca alta del Besaya y su límite con Campoo se están convirtiendo en un refugio climático.

2ª Etapa.

No hubo prisa por partir. Desayuno en la casa y menos equipaje con el que cargar. Descendimos siguiendo el Besaya en dirección opuesta al final de la víspera, pero evitando el bucle de los dos puertos, resolviéndolo con brevedad y agrado por el tramo de Hoces al norte de Las Fraguas. En Riocorvo giramos hacia el oeste para cambiar de valle y acceder al del Saja. La carretera que asciende a San Cipriano también es muy divertida y apenas tenía tráfico, salvo ciclistas (frecuentes por gran parte de los tramos de esta edición de la Vespada). Hay curvas muy cerradas y un entorno verde y parcialmente sombreado alrededor.

Myriam superando San Cipriano. (Imagen propia).

El consiguiente descenso es menos revirado y, por tanto, más rápido y relajado. Da paso a las praderías de la zona de Ibio, cerca de la yeguada militar, con mucho ganado vacuno tudanco a la vista. En Virgen de la Peña giramos hacia la izquierda para alcanzar Mazcuerras, donde paramos brevemente en plan de homenaje personal y privado a Concha Espina. La verdad es que el pueblo es precioso, presentando un conjunto de casas hermosas y muy bien mantenidas.

Delante de la estatua de Concha Espina. (Imagen propia).

Las dos scooters en Mazcuerras. (Imagen propia).

Más adelante desembocamos en la carretera que, procedente de Cabezón de la Sal, toma rumbo sur hacia la cordillera. El valle de Cabuérniga, eje principal del Saja, nos fue haciendo pasar por pueblos como Ruente, Barcenillas, Sopeña, Valle, Terán, Selores, Renedo de Cabuérniga y Fresneda. En el desvío hacia Barcena Mayor dudamos en si acercarnos al pueblo o no, pero al final nos decidimos. La ruta es sencilla, agradable y de apacible entorno natural. Llegados allí, aquello no es lo que era, como tantos otros iconos promocionados de la región, ha sucumbido al turismo de masas. En verano hay que pagar por aparcar a las afueras (por lo visto, desde hace algunos años, algo de lo que no era consciente porque las ultimas veces que había pasado por allí fue como senderista o ciclista de montaña). Nos dimos una vuelta por el pueblo, el cual empezaba a ir acumulando turistas progresivamente, y acabamos sentados en una terraza a la sombra para tomar un aperitivo. Al parecer, todos los restaurantes del pueblo (que son bastantes) ya tenían todas sus mesas reservadas para la comida de ese día. Cuando regresábamos hacia las motos nos cruzábamos a los supuestos comensales, y abandonamos el aparcamiento completamente lleno. Por eso de salirnos estratégicamente del guion, nosotros paramos en Correpoco y conseguimos mesa a la primera, donde comimos a base de raciones.

Myriam en Bárcena Mayor. (Imagen propia).
Momento de relajo en Bárcena Mayor. (Imagen propia).

El día estaba siendo muy caluroso, algo que resultaba completamente mitigado cuando las motos echaban a andar, gracias a la ausencia de carenados. Entonces tocaba el maravilloso ascenso del puerto de Palombera. Nunca me canso de recorrerlo, con diferentes atractivos en las diversas estaciones del año. Su infinidad de curvas, las canales fluviales que se precipitan por su flanco derecho, los túneles de frondosidad boscosa, las vistas al valle por la izquierda. Me divertí con el trazado, hasta adelanté a alguno. Únicamente nos reagrupamos en tres lugares, todos ellos cerca del alto, así que gozamos de un buen rato de entretenida conducción. La primera parada fue en el mirador que muestra la belleza silvestre del valle desde casi arriba.

Palombera nunca defrauda. (Imagen propia).

Retratados por una turista francesa, con el valle del Saja como marco. (Imagen propia).

Un poco más alto, en zona de brañas sin bosque, paramos junto a lo que queda de la Venta Tajahierro, memoria arruinada de derechos de portazgo, del Sordo de Proaño y de los primeros atisbos del esquí cántabro. No sé qué resulta más deprimente, si su estado de ruina progresiva, o la vandálica decoración a la que se ha ido viendo sometida en tiempos recientes (bueno, sí que lo sé, y es que una cosa es el envejecimiento y el paso del tiempo y otra bien distinta el mal gusto).

Lamentable estado de un lugar con interesantes (al menos para mí) significados históricos. (Imagen propia).

El tercer reagrupamiento fue en lo alto del puerto, justo antes de bajar al valle de Campoo, por el que enseguida circulamos sin paradas, rodeando también Reinosa e iniciando el descenso hacia Pesquera, Besaya abajo. En Santiurde nos detuvimos un instante, a modo de última visita de una propiedad rural que ya estaba en pleno proceso de venta.

Ya en casa, a media tarde, nos refugiamos del calor en la planta baja. No sería hasta el final de la tarde cuando nos encaminamos a la plaza para una ronda de vinos y vida social local.

En nuestro refugio. (Imagen propia).

3ª Etapa.

Amaneció despejado, aunque algo ventosos y fresco. Llegaba el retorno a casa. Hoces abajo, por la N-611, hasta La Serna y Arenas de Iguña, para tomar el puertillo que cambia de valle hacia el del Pas. Es un clásico de nuestras Vespadas porque solemos tomarlo cuando volvemos del oeste o de Campoo. Es muy revirado, ameno y tranquilo, y exige divertida atención, especialmente en su ascenso. Pasado Castillo Pedroso, nos dejó en San Vicente de Toranzo, donde tomamos brevemente rumbo sur para poder cruzar el río Pas por Alceda, rodeando su parque. En la otra ribera, apuntamos río abajo hacia el norte, por una carretera muy estrecha y tranquila que va de pueblo en pueblo (Vejorís, San Martín de Toranzo, Santiurde de Toranzo) hasta Iruz. Por allí nos cruzamos con una larga y nutrida caravana de coches clásicos de diversas épocas. Manifestación colorida, nostálgica y animada que nos provocó una permanente sonrisa.

"Y allá va la despedida-a...". De regreso a casa. (Imagen propia).

Nosotros enfilamos hacia Puente Viesgo, donde retomamos brevemente la N-623 hasta la cercana Vargas, desde donde iniciamos un sobradamente conocido regreso por la N-634 hasta Solares y, desde allí, secundarias habituales hasta casa, para llegar a la hora de comer.

Otra Vespada completada ¡y ya van seis! Encantados de la experiencia y deseando que llegue la siguiente. Y es que, vayamos quienes vayamos, la verdad es que nunca defraudan. Ando tras esta barajando la idea de cambiarle el nombre a la actividad. A causa del debut de la Lambretta, tal vez pase a denominarla Lambrespada, sin que ello implique cambio de numeración en el recuento de ediciones.

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